En Alpedrete se penaliza la poda

Aún recuerdo yo el tiempo en el que algún concejal del municipio, al pasear por nuestro barrio, elogiaba, agradecido, la labor que hacíamos los vecinos cuidando y regando el arbolado plantado en la calle pública, además del de nuestros jardines.

Probablemente era aquel concejal muy consciente de la desidia municipal que, tras haber plantado árboles por doquier, a bombo y platillo, en fecha próxima a elecciones, inmediatamente después de éstas había negligido su más mínima atención y cuidado, por lo que se morían.

En las cercanías, incluso se encontraban numerosos árboles tendidos aún en el suelo, a raíz desnuda, que ni siquiera habían llegado a ser plantados para culminar el paripé.

Pero la desidia y la indolencia no acababan ahí. Es hábito extendido entre los munícipes, que a menudo carecen de pudor al postularse para cualquier cargo que se ponga a tiro, hablar mucho de cambio y emplear ingente tiempo y dinero, que nunca es suyo, en propagar, a través de cualquier vía de difusión que se les presente, el esfuerzo que dicen realizar para mejorar la vida de los ciudadanos, y que, en el caso de la limpieza suelen centrarse en la renovación constante de contenedores de innúmeros colores y pomposos diseños, frecuentemente inservibles y menos funcionales que los anteriores.

Estos anuncios acostumbran a acompañarse de folletos divulgativos con gráficos muy bonitos donde se habla de concienciación cívica, volúmenes de residuos retirados, objetivos alcanzados, etc. Mientras los electos cargos invierten nuestros dineros en confeccionar todo tipo de argumentarios mercadotécnicos, se olvidan de solucionar los problemas reales que viven los vecinos, con frecuencia sólo visibles efímeramente en época de pugnas electorales.

Rápidamente, los cambios prometidos terminan limitándose al nombre de la persona que pasa a cobrar del erario público y firma los edictos.

Hace pocos días, apareció en mi vivienda una patrulla municipal, formada por dos integrantes que, perfectamente pertrechados con su uniforme, su imponente vehículo oficial todoterreno y sus armas al cinto, me interrogaron sobre un ramaje apilado junto a la parcela.

-Restos de podas son, contesté. A la espera estoy de que el ayuntamiento coloque los contenedores al efecto que tradicionalmente colocaba por toda la zona y hace tiempo que no veo. -Pues le vamos a denunciar, me contestó la policía.

Tras tan frustrante conversación, mandé una nota a la alcaldía instándoles a que pusieran prontamente los dichos contenedores o me facilitaran una alternativa pública para la retirada de los restos de poda, ya que los vecinos seguimos pagando religiosamente nuestras tasas por la retirada de residuos y no tenemos constancia alguna del porqué han dejado de ponerse los citados recipientes.

Dos días más tarde, ya entrada la noche y sin contestación aún a mi petición anterior, aparece nuevamente ante mi puerta una dotación de policía local, integrada en esta ocasión por tres efectivos, con su flamante vehículo oficial, y digo flamante por las luces destelleantes que destacaban cual llamaradas, igualmente con sus armas al cinto y posición reglamentaria de defensa con situación de los policías en lugar estratégico para controlar, imagino, mis peligrosos movimientos, puesto que salí en pijama a recibirles y ello debió motivar la alerta.

-A traerle la denuncia venimos, me espetaron. -Hoy venís con más refuerzos y nocturnidad, respondí.

Se me hizo entonces entrega de un formulario en el que, gracias a las luces de los faros, pues era ya noche cerrada, como dije antes, atisbé a leer algo sobre una denuncia a la que seguía una parrafada rimbombante.

Me sentía yo abrumado, como abducido, sin acertar todavía a comprender qué terrible crimen habría yo cometido para provocar tan diligente respuesta policial y ser el protagonista de aquel despliegue inusitado ante mi domicilio. Ya me veía yo encabezando el próximo telediario con una entradilla acorde a la gravedad del hecho: ‘Desalmado vecino alpedreteño se atreve a airear sus restos de poda.’

Al día siguiente, cuando pude reaccionar, se me ocurrió remitir una nueva nota al alcalde, explicándole los hechos acaecidos y recordándole otra vez que se deberían poner los contenedores de poda como antaño y, si no, reintegrarnos a los vecinos la parte proporcional del impuesto correspondiente, que nunca nos ha sido condonado ni reducido, porque, aduje, no es de justicia, ni aceptable como contribuyente, que se nos mantengan e incrementen las tasas para la recogida y tratamiento de residuos y, al mismo tiempo, se disminuya el catálogo de servicios que se nos prestan.

Al tiempo, aproveché para meditar sobre la desproporción de medios utilizados, a costa de los tributos municipales, tan sólo para hacerme entrega de un papelito motivado por un montículo de residuos de poda. Así que, como parece inferirse de lo acontecido, dado lo avanzado de la hora y la llamativa parafernalia desplegada, éste es realmente un asunto de prioridad manifiesta para el cuerpo local de policía, y no hay otras actuaciones policiales más urgentes e inmediatas a las que destinar los recursos del erario público municipal en nuestro pueblo, por lo que yo me congratulo; pero, simultáneamente, aproveché para sugerir al consistorio que aminorase la nómina de policía, con todo el equipamiento, formación y despliegue que ello conlleva, ya que estas labores de control de podas puede realizarlas perfectamente el jardinero municipal u otro funcionario cualquiera, y el ahorro repercutiría favorablemente en nuestras finanzas como tributarios.

¿Es ésta una lógica disparatada? ¿yerro al creer que debo recibir los servicios por los que pago? ¿ofendo cuando reclamo recto uso para mis impuestos?

Así que, ya sabéis, si no queréis veros en una situación similar, que pudiera ser traumática para el resto de vuestra existencia, es preferible que no cometáis crimen tan execrable como podar vuestros árboles, y mucho menos exponeros a la implacable respuesta municipal alpedreteña, dejando restos para que os los recojan. Mejor haréis quemándolos y ahumando a los vecinos, o tal vez vertiéndolos a la basura orgánica y colmatando los contenedores. Otra alternativa sería comérselos, pero me parece una ingesta excesiva de fibra vegetal.


Antonio Rodríguez Hornos

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