No pienses, mejor acelera

Imagen: Avi Chomotovski

Vivimos acelerados, un par de marchas más alejados de lo que la razón recomienda. En la sociedad del aquí y el ahora, del quererlo todo hoy mejor que mañana. Del estímulo y la respuesta inmediata. Donde la paciencia se ha convertido en inusual, la espera en un sinsentido y la pausa en una utopía. Vivimos más rápido.

La distancia entre dos puntos hace siglos que se convirtió en un mero trámite, la comunicación entre dos personas hace décadas que pasó a ser instantánea y la información hace años que se hizo súbitamente fluida. Tantos cambios en muy poco tiempo o muy poco tiempo para tantos cambios. Qué importa, es pasado. No hay tiempo si quiera para pensar en tiempos pretéritos. Sucedió ayer, pero parecemos haberlo vivido varios días atrás. Lo acontecido la semana anterior pierde presencia y lo ocurrido el mes pasado es sinónimo de olvido. Vivimos a tanta velocidad que lo que dejamos a nuestro paso se diluye tras nosotros en un horizonte sombrío. Es el inconveniente de la rapidez. Vivimos tanto en tan poco que no podemos apreciarlo. Vivimos más rápido, no mejor.

Determinar cuál es el punto de inicio y cuál el final, es el poder de la orientación. Sirve como guía en nuestro trayecto. Indica el recorrido correcto y descarta el erróneo. Ubica en el espacio. Por contra, la celeridad menoscaba nuestro dominio de la orientación, hace que no seamos capaces de situar el término de la ruta y la misma pierde significado. Hace que no distingamos los cambios de destino, ni si quiera los cambios de sentido. Nos aturde. Obliga a dejarnos guiar por quien carece de razón. En muchos casos, nos hace seguir el trayecto del resto. Pasamos a guiarnos por una mayoría desorientada. Vivimos con tanta prisa que incluso ignoramos la importancia de tomar un camino u otro.

Vivimos más rápido, pero sin rumbo.


Eloy Sánchez Sánchez
Alumno de Derecho y Administración de empresas de la Universidad Carlos III de Madrid

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