La magia de las estrellas

Relato

La noche era oscura y sombría. Observando la luna por la ventana de mi habitación y las estrellas alrededor de ella. La poca luz que había por las calles eran las farolas que alumbraban a los bancos solitarios y a la pequeña fuente que se encontraba en el centro.

Suspiré mientras miraba todos los alrededores y me sumí en una profunda melancolía. La soledad era mi gran amiga quien me llevaba al compás de la música cada día, las letras de las canciones como refugio de mi propio ser y las notas musicales como una leve brisa que te resplandece el rostro por unos instantes.

Decidí a pesar del frío de la noche de diciembre salir a dar un pase. Me puse mi abrigo y mis botas y salí. Mis pisadas eran el único sonido que provenía de la calle, con mis manos metidas en los bolsos del abrigo e intentando resguardarme del viento frío que causaba que mi pelo se moviera ligeramente. En mi mente comencé a formar una melodía lenta, suave, bonita… Cerré los ojos para dejar llevarme por el momento.

Cuando los abrí, las calles ya no eran solitarias. Había gente por donde quiera que mirases y la melodía se hizo real. Me miré a mí misma, el abrigo había desaparecido para encontrarme con un vestido blanco y unos zapatos con un tacón bajo. Hacía mí se encaminaba un hombre en traje, apuesto y con una gran sonrisa. De repente me sujetó por la cintura y me agarró de la mano. Seguido apoyé mi mano en su hombro y comenzamos a bailar la misma canción que estaba imaginando hace minutos. Él me llevaba al compás de la música mientras girábamos con las miradas de todas las personas que paseaban puestas en nosotros. Mi sonrisa se abrió paso por esa danza y nuestras miradas no se apartaban ni por un instante. Estaba viviendo un momento mágico.

Cuando la canción finalizó me encontraba frente a ese hombre que apenas conocía y que me miraba de manera risueña. Le sonreí y el me agarró la mano llevándome a otro lugar. Mi vestido blanco había desaparecido por uno de color naranja y esta vez estábamos bajo la lluvia. Caía mientras nosotros seguíamos moviéndonos en otra melodía distinta. Era una balada triste y romántica… Notaba las gotas por todo mi rostro y pelo, pero eso no me apartó de la danza, al contrario, nos acercamos aún más mientras la lluvia y la melodía seguía su curso. La letra trataba sobre un distanciamiento a pesar del amor que se sentían ambos. La canción acabó con un sentimiento de nostalgia.

Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontraba con un vestido rojo largo de lentejuelas. Esta vez podía percibir una melodía navideña. Los niños corrían con felicidad y las luces de la ciudad iluminaban todo el centro dando una sensación de calidez. Esta vez yo no estaba bailando, pero frente a mí encontré a ese mismo hombre que me ofrecía su mano. Durante unos segundos pensé en qué hacer hasta que decidí tomarle la mano. Me guió a través de la gente hasta que vimos un árbol de navidad enorme con innumerables bolas de todos los colores y diferentes decoraciones de Navidad. Faltaba la estrella en la parte de arriba del árbol. Nos miramos con una sonrisa y me sorprendí cuando empezamos a elevarnos por una estela de estrellas hasta la cima del árbol. Una estrella dorada con brillos apareció en nuestras manos. “Debes colocarla” me decía mi corazón. Y así lo hice, con cuidado la levanté y la acomodé de la mejor manera posible en el árbol.

De pronto, un fuerte viento se instauró en el ambiente y cerré los ojos. No era molesto, al revés, era tranquilo y transmitía mucha paz. Cuando abrí los ojos me encontraba de nuevo caminando por aquellas calles silenciosas mientras miraba la luna con una sonrisa y una lágrima fluía por mi mejilla, la cual limpié cuidadosamente.

-La magia la produces tú. La magia nace cuando tienes la valentía suficiente de creer que la vida la necesita y cuando sabes que sea el momento que sea, tienes que brillar fuerte y poderosa como la estrella que corona el gran árbol navideño- afirmé en voz alta mientras mi mirada se dirigía de nuevo al suelo con una sonrisa en el rostro que, difícil se iba a borrar…


Por Lidia Gutiérrez

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