“Las feministas no vamos a olvidar para qué desbordamos el 8 de marzo las calles”

El pasado 8 de marzo tuvo lugar una jornada histórica, que no vino sino a confirmar lo que ya había sido el éxito de la huelga general de mujeres convocada por el movimiento feminista. Millones de mujeres salimos a las calles para evidenciar que las tareas que realizamos cotidianamente son un tipo de tareas que, a pesar de no ser reconocidas ni valoradas socialmente, son absolutamente necesarias para garantizar eso que la economía feminista ha denominado sostenibilidad de la vida. Un tipo de tareas que no sólo se refieren al trabajo reproductivo que mayoritariamente realizamos las mujeres dentro del hogar y que bien habría de llamarse trabajo para la supervivencia, sino también a un tipo de ocupación de carácter afectivo que soporta relaciones humanas a un nivel emocional.

El 8 de marzo salimos a las calles para denunciar el hecho de que, como sociedad, partimos siempre del presupuesto de que funcionamos como sin la necesidad de tales necesidades, como si las cosas realmente se hiciesen ellas solas. Reconocer que no se hacen solas es visibilizarlas, valorarlas. Sin embargo (y aquí es donde comienzan todos los problemas), desde una perspectiva estructural, eso que llamamos sistema patriarcal-capitalista sitúa a ciertas personas en lugares privilegiados de la estructura social de forma tal que, no por voluntad individual pero sí por su posición social, dejan de reconocerlas.

Por un lado, cierta clase de hombres (la de los señoros de Irantxu) no sólo no está dispuesta a no querer reconocer este tipo de trabajo, sino que ha comenzado ya muy proactivamente a negarlo, a esconderlo, a sepultarlo, incluso hasta a odiarlo… Al fin y al cabo, estas no son sino las actitudes reaccionarias que el feminismo identificó y nombró hace ya mucho tiempo como reacción patriarcal. Digamos que la mayoría de los señoros ilustrados que están bombardeando las columnas de opinión de algunos nuestros periódicos con buenas dosis de conservadurismo forman parte de esta clase. También lo forman esos otros señoros maridos que amenazan, extorsionan y boicotean a sus señoras si deciden hacer huelga.

Por otro lado, cierta clase de mujeres (la de las señoras), en virtud de su posición privilegiada dentro de la estructura social, está muy dispuesta a visibilizar su trabajo, su esfuerzo y sus derechos; sin embargo, a costa de invisibilizar el trabajo, el esfuerzo y los derechos de otra clase de mujeres, normalmente migrante, pobre y racializada que normalmente viene a España realizar las tareas necesarias para que nosotras y nosotros, señoras y señoros podamos tener cubiertas esa clase necesidades básicas.

Normalmente, esta clase de mujeres nos cuida, dejando el cuidado de “los suyos” a “las suyas”. Esto es eso que la economía feminista (de nuevo) ha denominado cadena global de cuidados. De esta clase de señoras forman parte, por un lado, las que reivindican sus individualidades; por otro, las líderes “feministas” de los partidos fascistas europeos.

Sin embargo, afortunadamente, las manifestaciones del 8 de marzo demostraron que este es un movimiento que va mucho más allá. Un movimiento que está transformando la estructura social, desplomando el orden del sistema patriarcal.

Un día después, el 9 de marzo, celebrábamos el éxito del movimiento feminista, su capacidad aglutinadora y transformadora. Sabemos que su victoria encierra un riesgo, el riesgo de que su potencial revolucionario sea apropiado y fagocitado por los sectores reaccionarios de nuestro país. Sin embargo, si hay algo que demostramos ayer, fue el hecho de que las feministas estamos muy unidas, muy dispuestas a resistir  los ataques de esos señoros y señoras que están dispuestos a movilizar  (para esto sí) toda su energía para sepultar las tareas necesarias que hacen posible la vida; para sepultar el hecho de que ellos y ellas viven y sobreviven porque otras les sostienen.

Y no vamos a olvidar –ni a dejar de recordar– que el 8 de marzo desbordamos las calles de nuestras ciudades para reivindicar ese reconocimiento de nuestro trabajo, para exigir una igualdad real en el empleo y en las relaciones económicas que rompa esa brecha en la que vivimos; para exigir un pacto de estado contra las violencias machistas; para reivindicar nuestros derechos sexuales y reproductivos; para exigir el cese de las violencias contra nuestros cuerpos, el cese de las políticas migratorias racistas del estado español y de la Unión Europea y para reivindicar una socialización de los cuidados en la que los hombres y también el Estado se hagan cargo de las tareas necesarias para la sostenibilidad de la vida.

No vamos a admitir otras interpretaciones que algunos, precisamente aquellos que no han hecho sino obstaculizar e intentar ningunear nuestras movilizaciones, ya se están apresurando a hacer de modo oportunista. A partir del 9 de marzo, las feministas vamos a seguir tejiendo, juntas, aliadas, fuertes y combativas para resistir ante la reacción patriarcal que se nos avecina y que ya ha comenzado a articularse en torno al neoliberalismo y al fascismo. Somos muchas, miles, millones. La revolución será feminista o no será.


Frente Feminismo PCM (Partido Comunista de Madrid)

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