La cruda realidad

El sol resplandecía, los pájaros cantaban con sus alas extendidas, la musicalidad del cielo era una sinfonía clásica… ¿Qué maravillosa es la vida, no? Mirando lo profundo de la vida con una sonrisa, observando la preciosidad del amor, la conexión de la amistad, los ojos vivos que susurran “te quiero”…

Pero, ¿eso es realmente la vida? ¿o esa es la visión que tenemos unos pocos?

Lamentablemente la respuesta es no. La vida sí que tiene esos momentos hermosos que esperas que jamás acaben, pero verdaderamente la vida tiene más secretos oscuros de los que podemos imaginar…

Empecemos de nuevo. Era una mañana fresca, las nubes cubrían el sol y el cielo se hallaba sombrío. Me encontraba llegando a la entrada de aquel lugar… Ese lugar que era una mezcla de amor y falsedad.

Cada escalón que subía para llegar a la clase indicada, era como una prueba de fuego. Algo quemaba por dentro, mientras que el frío se apoderaba de manera escandalosa del ambiente.

Entré, me senté y pasaban los minutos y ahí se acercaba la cruda realidad… “Buenos días”, “¿Y esta, cómo viene hoy, no?”, “¿Qué se cree el centro de atención?”, “No la soporto”, “Siempre está haciendo ‘la pelota’”… Las miradas de arriba a abajo con odio, con asco, con lástima… Para mí era llegar al infierno hecho carne. Observar cómo se acercaba la barca de Caronte arrastrando almas podridas y malas a su paso.

Con otras palabras, el denominado y conocido buylling. Esa palabra tan ruin y tan triste al mismo tiempo… Hoy en día, esta palabra está a la orden del día. La escuchamos a todas horas en el colegio, el trabajo… Pero, ¿y vivirlo?. Eso debería de recibir otro nombre. Eso debería de estar a otra escala…

Pensar doble. Por un lado, creer que realmente la sociedad es el rebaño y tú simplemente tienes otros ideales, otros gustos, otros sentimientos… Y por otro, creer que tú eres la oveja negra y que los demás son los correctos. La tristeza y la rabia te ciega de tal modo, que muchas veces no sabes diferenciar la hipocresía de la autenticidad. Y después llegar a tu casa y llorar… Pensar, “¿por qué a mí?, ¿soy mala persona?”

Y después la realidad me golpeaba todo el cuerpo. “No, ¿qué estás diciendo?. Tú eres buena. Que no seas igual que el resto es un rasgo de fortaleza por tu parte. Que seas diferente no es malo, lo malo es que te hagan sentir diferente de manera despectiva.

Pero yo me levantaba con fuerza interior. Nadie, nada… HOY NO. NI HOY NI NUNCA. El ave Fénix resurgía de las cenizas, el corazón unió sus pedazos, la mente estaba tranquila… Y ahí caminaba, con las ideas claras, con mi estilo propio y con una sonrisa en el rostro. Ya nada me importaba, no tenía sentido que me importase. ¿Para qué sufrir por personas que no valen la pena?, ¿por personas malas, envidiosas, celosas y simplemente personas vacías?”.

Yo no iba a ser así. JAMÁS seré quien no soy. Lo aprendí con el tiempo, con la vida y con las personas buenas de mi alrededor. Que un abrazo revive todas las penas y que un gesto añade dulzura a la vida.

Que la vida es un baile de máscaras y que, desgraciadamente, tienes que llevar el compás con el disfraz. Pero cada vez que acaba la canción, esos ropajes y esos engaños desaparecen y aparece mi verdadero YO. Y en parte no puedo decir que lo he conseguido sola, porque estaría mintiendo. Mi familia… Mi madre, mi hermana y mi hilo rojo… El mayor apoyo de mi alma y de mi cabeza.

Gracias a ellos y a mí, hoy, soy quien soy y no me arrepiento de nada porque como dice esa canción… “Yo, vivo en libertad”…


Lidia Gutiérrez

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