Gloria Camarero: “La ciudad del mundo con más rodajes es Los Ángeles porque allí radica la industria cinematográfica desde sus orígenes”

Gloria Camarero / Foto: Miguel Pina

Hoy recibimos en NoroesteMadrid la visita de la escritora Gloria Camarero Gómez, que ejerce como profesora titular de Historia del Cine e Historia del Arte de la Universidad Carlos III de Madrid. Además, es profesora invitada en las universidades de La Plata (Argentina), Freie Universität de Berlín (Alemania) o de Pau et des Pays de l’Adour (Francia), y dirige el Máster en Gestión de la Industria Cinematográfica. Su actividad investigadora se centra en el estudio de los lenguajes visuales en relación con las artes plásticas, la arquitectura, el urbanismo y la imagen patrimonial. Entre sus publicaciones recientes destacan: “La mirada que habla. Cine e ideologías 2” (2002), “Adaptaciones de la literatura española en el cine español. Referencias y bibliografía” (2006), “Una ventana indiscreta. La historia desde el cine” (2008), “Pintores en el cine” (2009),  “Vidas de Cine. El biopic como género cinematográfico” (2011), o el exitoso Madrid en el cine de Pedro Almodóvar (2017), del que ya hablamos en publicaciones anteriores. Y ya está en la calle su nuevo libro: Ciudades americanas en el cine*

Agradecer también a la librería madrileña Ocho y medio, libros de cine la cesión de sus instalaciones para la entrevista y la sesión fotográfica.


– Hola Gloria, ¿qué nos vamos a encontrar en líneas generales en tu nuevo libro y qué ciudades destacarías de las que aparecen en el mismo?

El libro se integra en una línea de estudios que investiga la ciudad desde la mirada del cine y que suscita cada vez mayor interés. Busca analizar cómo el cine interpreta o reinterpreta el espacio urbano. Eso es lo que el lector se va a encontrar: el significado que la ciudad adquiere en determinadas películas de ficción conocidas. La ciudad no es solo un lugar, es una existencia. Forma parte del argumento.

De todas las ciudades que aparecen en la publicación, destacaría aquellas, como Seattle, que han sido un escenario cinematográfico más excepcional, y, por lo tanto, menos tenidas en cuenta en este tema, y también aquellas otras que, aunque hayan estado en numerosas películas, se analizan aquí desde perspectivas específicas, nada habituales. Por ejemplo, Buenos Aires se estudia, exclusivamente, desde la concepción que de ella ha hecho y hace el cine que alumbra el tango, y Santiago de Chile, a partir del protagonismo fílmico del Mapocho, articulado como auténtica frontera de la ciudad en la ficción y en la realidad. Son sólo algunos casos.

– El libro está dividido en tres partes, ¿qué destacarías de cada una de ellas y a qué zonas geográficas están dedicadas en concreto?

Efectivamente, se divide en tres partes y contiene dieciocho capítulos, escritos por investigadores europeos y americanos. La primera, me interesa especialmente por cuanto supone de diferenciación respecto a otros estudios. Contiene cinco capítulos introductorios, no centrados en ciudades concretas y que hablan de la ciudad genérica construida en estudio, de la “ciudad imaginada”, de la ciudad del cine policíaco, de la ciudad del western y de la ciudad latinoamericana que no está en los trabajos de las capitales individuales o que, aun estando, se interpretan aquí desde otra faceta, que es la de la exclusión social, la marginalidad y los presupuestos del Nuevo Cine Latinoamericano. La segunda y la tercera recogen ya urbes reales del continente americano, desde Montreal a Usuaya. Norteamérica se incluye en la segunda y ahí tenemos Montreal, y más específicamente el Montreal de Dolan, Los Ángeles, la ya citada Seattle, Chicago y Nueva York en dos versiones, que se salen de la norma: «La Gran Manzana según Scorsese» y «Nueva York, la ciudad donde todos habitamos», inscrita, está última, dentro de los estudios más actuales de urbanismo y cine. La tercera parte se dedica a las del centro y del sur del continente americano en el cine e incluye México, básicamente el México de Arturo Ripstein, La Habana, las capitales colombianas de Bogotá, Medellín y Cali, Lima, un Río de Janeiro nada convencional, que es el Río que mostró Hollywood en los años 30, Buenos Aires y Santiago de Chile.

– La documentación para editar el libro es asombrosa. ¿Cuánto tiempo has empleado para llevar a cabo ‘Ciudades americanas en el cine’ y cómo has coordinado a todos los autores que aparecen en el volumen?   

La verdad es que ha sido un proyecto largo y ambicioso, al que hemos dedicado un par de años, aunque no con exclusividad. Parte del antecedente de Ciudades europeas en el cine, que también coordiné yo y que publicó, igual que este, la editorial Akal, en 2011.

Foto: Miguel Pina

Hemos seguido aquel modelo y así, cada uno de los capítulos que versan sobre urbes concretas en el cine, se cierra con una relación de los filmes de ficción más conocidos, a veces también documentales, que las han tomado como escenario, ordenados cronológicamente. Estos listados han requerido una labor de documentación compleja. Pero, ha valido la pena, ya que resultan muy útiles para el lector. Mi relación con los autores ha sido excelente. Hemos estado de acuerdo en todo y, desde el primer momento, hemos tenido muy claro los objetivos: básicamente huir de la mirada convencional sobre la ciudad en el cine para quedarnos con la excepción y afrontar el tema desde planteamientos nuevos o no tratados. Tengo el convencimiento de haberlo conseguido. Estoy muy contenta con el resultado y con la aceptación que está teniendo. Deseo que sirva a muchas personas y que disfruten con su lectura, tanto como yo he disfrutado coordinándolo.

– De la filmografía que aparece en el libro y que es muy abundante, ¿qué cinco películas destacarías que conjuguen calidad cinematográfica y una buena escenografía de la ciudad americana en el cine?

Es difícil seleccionar cinco. Pero yo diría que el San Francisco de Bullitt (Peter Yates, 1968) donde la difícil orografía de la urbe define la acción y permite multiplicar la tensión de la famosa persecución de Steve McQueen en su Ford Mustang verde. También, Los Ángeles de La La Land (Damien Chazelle, 2016), teñido del tono romántico que exige el filme. La Nueva York de Taxi driver (Martin Scorsese, 1976) y de Manhattan (Woody Allen, 1979) con su transmisión de conceptos opuestos, que van desde la violencia en el primer caso, a la cotidianidad en el segundo, Nueve Reinas (Fabián Bielinsky, 2000) por su vinculación con el Buenos Aires más actual urbanísticamente hablando y reflejo argumental y Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1994), donde La Habana juega un importante papel en la relación de maestro / discípulo que se establece entre los protagonistas. En todos los casos, la ciudad se adapta a la narración.

– ¿Qué diferencias observas entre las ciudades europeas en el cine y las ciudades americanas que han sido llevadas a la gran pantalla?

En el anterior libro Ciudades europeas en el cine, se estudiaban varias de ellas, desde el Norte al Sur y desde el Este al Oeste, es decir desde Helsinki a Sevilla y desde Moscú a Lisboa. Fueron quince en total: Atenas, Barcelona, Berlín, Bilbao, Helsinki, Lisboa, Londres, Madrid, Moscú, Nápoles, París, Praga, Sevilla, Viena y Roma, la cual se afrontó desde tres planteamientos distintos. Uno se centró en la Roma antigua, la de los viajeros y la de los propios romanos; otra en el barrio del Testaccio y la tercera en comparar las imágenes de la capital italiana que ofrecen los filmes de Özpetek con las que ofrecen los grabados de Piranesi. En todos los casos, se constata que la ciudad europea en el cine es más intimista y dotada de mayor identidad. La ciudad americana, especialmente algunas de las estadounidenses, ofrecen características bien distintas. Pienso en Los Ángeles. Si de las grandes ciudades europeas se tiene una imagen mental conformada a través del tiempo por la intervención de la historia, el arte, la literatura o la fotografía, nuestra idea de Los Ángeles es fruto casi exclusivo de lo que los numerosos filmes y series de televisión que en ella transcurren, nos han ido filtrando de la misma. No alberga edificios singulares e inconfundibles a los que asociarla, como el Big Ben londinense; tampoco puede relacionarse a épocas históricas siempre revisitadas, como la Roma antigua; ni con tópicos universales como en el ejemplo del binomio amor-París. Apenas existen iconos angelinos inconfundibles. Tan sólo cabría citar el mundialmente conocido letrero de Hollywood, a modo de sinécdoque visual, por el que quedaría identificado el corazón de la urbe con este distrito en torno al que ha circulado la industria fílmica. Los Ángeles es un «no lugar», el lugar donde, como dijo Marilyn Monroe con crudo realismo: «te pagarían mil dólares por un beso y sólo cincuenta centavos por tu alma».  

– ¿Qué representan las ciudades en el cine y cuáles son sus funciones narrativas en las películas?

Las calles, las plazas, los puentes y las edificaciones más o menos reconocidas y reconocibles de la ciudad se integran en el relato cinematográfico y se convierten en un personaje más de la trama para ser signo y significado de la acción y del sentir de los protagonistas. Adquiere función narrativa y esa cambia en base al género. Pienso en San Francisco. Sometido a neblinas y a tonalidades circundantes en verde expresa el suspense Hitchcockiano de Vértigo y con luz brillante, nuevos elementos de atrezo y dotada del aspecto de la postal turística expresa la comicidad de Señora Doubtfire, papá de por vida (Chris Columbus, 1993).

– ¿Qué es la ciudad imaginada en el cine?

No es una ciudad concreta ni existente. Se construye en plató y se le dan unos rasgos determinados para ser específica, en algunos casos, de los distintos géneros cinematográficos. La oscuridad la hará propia del cine negro, las atmósferas futuristas de la ciencia-ficción y los espacios infinitos del western. En el libro, Jorge Gorostiza habla de la ciudad ficticia estadounidense, la define como aquella que nunca ha existido y que nunca llegará a existir, pero que puede ser todas las que existen en la realidad. El cine la ha interpretado y le ha dado una fisonomía repetida, que recoge de la ciudad auténtica y transmite a la ciudad auténtica. Ahí encuentra su razón de ser. Tiene una morfología diferenciada y unos elementos comunes, entre los que no faltan la calle principal, la plaza o el barrio residencial.

Según Gloria Camarero, Los Ángeles es un «no lugar», el lugar donde, como dijo Marilyn Monroe con crudo realismo: «te pagarían mil dólares por un beso y sólo cincuenta centavos por tu alma» / Foto: Miguel Pina

– ¿Cómo ha sido la acogida en Hispanoamérica del ensayo? ¿Has tenido la oportunidad de presentar el libro allí?

Sí. Lo he presentado en Buenos Aires y en Santiago de Chile y ha sido muy bien acogido. Ambas ciudades están presentes en el libro y también los directores más representativos de esos países, como Pino Solanas o Patricio Guzmán.

Me acompañaron en las presentaciones lo autores de dichos capítulos, Sandro Benedetto y Pablo Marín, especialistas de universidades argentinas y chilenas y muy reconocidos en el tema de ciudad y cine. Despertó mucho interés y se generaron interesantes debates. Ha sido una experiencia gratificante.

Existe una creencia generalizada de que Nueva York es la ciudad más filmada del mundo, pero en el libro cuentas que está en la posición número dos. ¿Cuáles son las ciudades donde más películas se han rodado en la historia del cine?

La ciudad del mundo con más rodajes es Los Ángeles porque allí radica la industria cinematográfica desde sus orígenes. Viene a continuación Nueva York y otras dos capitales estadounidenses: San Francisco y Chicago, debido a que su versatilidad las hace factibles para cualquier género. En Europa, Paris lidera el ranking con seis filmaciones al día, como media, en 2017. Le siguen Londres, Roma y Berlín.

¿Cuál es tu próximo proyecto literario?

Estoy trabajando en la segunda edición de mi libro Madrid en el cine de Pedro Almodóvar, que saldrá en breve.


*Ciudades americanas en el cine ha sido publicado por la editorial Akal y está disponible para su adquisición a través del siguiente enlace.


Texto y fotos: Miguel Pina

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